Estoy en la
oficina. Trabajando. Cada lunes es un lunes de reportes, una hoja de Excel que
se demora en cargar y actualizar con fórmulas. Al ladito, al margen izquierdo
de mi pantalla – esta hoja de Word.
Me gusta escribir
porque me permite pensar y darle vuelta a un momento tan irrelevante como este.
Es como volverlo importante, dándole o no un significado, pero ahora que está “tinta”
se convertirá en memorable y hasta inmortal. Ese momento en que esperaba que
las fórmulas de Excel terminen de cargar.
Qué bonito, no? Yo sé que no, pero
ese es el punto.
También escribo
porque tengo mala memoria. A veces me asusto de la mala memoria que tengo. Eso
que sucede todo el tiempo: “algo te iba a decir, pero se me olvidó” me pasa demasiado.
Será que mis ideas viajan muy rápido? Es como cazar mariposas, o peor aún,
cazar moscas con palitos chinos. Hasta que me encuentro frente a una hoja en
blanco, y las ideas caen por su propio peso – y se salvan todas: las buenas,
las malas, las más tontas. Selección natural mis pantuflas, acá todas se
salvan, hasta las más débiles. Y ESO me parece bonito.
(Claro, igual son
ustedes quienes las leen y se preguntan quécuernos)
Y hoy es lunes,
tengo puesto un collar que me compré el sábado. Lo menciono porque no quiero
olvidarlo (quizá lo pierda algún día) pero cuando lo vi, sonreí.
Mi bolita
(abuelita) solía decir que yo era su picaflor. Creo que porque era chiquita, o
quizá porque le gustaban los picaflores. También me decía pajarito. Quizá le
gustaban los pajaritos. Pero yo era su picaflor. Llevar este collar que puede
tener tan poco sentido como un lunes de reportes y exceles, vale todo el oro
que aparenta tener. Hoy mi bolita está conmigo, un poquito más que siempre.

Estos gemelos ya deben estar comiendo su Gerber en la panza de la bella JLo luego de 12 








